Sincerándonos

Pirfa se sincera con Pirfita en una nueva entrada en su blog. «¿A qué los mayores nunca lloran, mamá?». Pues sí, sí lloran aunque a veces nos reprimamos y no seamos del todo sinceros con los niños

En la tele, el papá de Caillou cortaba una cebolla. A este lado, en el salón de casa, Pirfita, me miró y me dijo “¿A que los mayores nunca lloran, mamá?”. A sus dos años y medio, mi propia hija me ponía en bandeja una oportunidad única para iniciar una conversación que puede dilatarse en los próximos años de nuestras vidas. “Sí lloramos. Mamá también llora”. No le gustó la respuesta, aunque la aceptó para terminar con la última palabra “Pero tú no lloras como yo”. Sí, es verdad. Yo no recurro al llanto, aunque ganas no me falten, cuando no hacen los demás lo que yo quiero, cuando tengo sueño o hambre, o cuando no me dejan comerme la pasta de dientes con sabor a fresa. Ella se estaba refiriendo específicamente a eso.

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Pero los adultos, los papás y las mamás sí lloramos. Lo que ocurre es que hemos aprendido a reprimir las lágrimas o a esconderlas fruto, puede, de una educación emocional que deja bastante que desear. Yo preferiría que mi hija me viera siempre feliz, pero sé que eso no está a mi alcance y habrá veces que me vea triste, decepcionada, cansada o muy cabreada. Para mí lo importante es que mi hija me vea como soy. Que sienta que su madre es sincera con ella.

Por eso intento contarle las cosas que me pasan y adaptarle a su lenguaje mis inquietudes. Le suelo decir cuando estoy enferma qué es lo que me duele o que tengo que ir al médico y le respondo “no sé” y le devuelvo la cuestión para que pensemos juntas cuando me hace una pregunta de la que no tengo respuesta. Creo que el conocimiento de cada uno de los miembros de la familia, con nuestras carencias, virtudes, defectos y fortalezas, es muy importante para evitar episodios futuros de “caídas de mito”. Nos ha pasado a muchos, sobre todo en la adolescencia, cuando descubrimos, de repente, que nuestros padres eran humanos, y no semidioses que cargaban con nosotros y nuestros problemas a sus espaldas. Ese descubrimiento es muy traumático para algunos chicos y chicas: De repente, tu padre se equivoca, tu madre te mintió aquella vez… Pequeñas rupturas que, creo, pueden evitarse con un poco más de naturalidad y sinceridad desde los primeros compases de nuestra vida en común. Yo, por ejemplo, no quiero que Pirfita me imagine con un traje de superheroína, prefiero que me vea como una mujer imperfecta y  así aprenda a quererme como soy.

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