Los niños de Sevilla sueñan con el lejano Oriente

En el centro de Sevilla, los peques pueden montar en camello o en poney, columpiarse en luminosas atracciones o en un carrusel artesano, asistir a un circo de pulgas o patinar…

 En el centro de Sevilla, los peques pueden montar en camello o en poney, columpiarse en luminosas atracciones o en un carrusel artesano, asistir a un circo de pulgas o patinar… La Alameda y la Encarnación están unidas estas fiestas por una oferta navideña conjunta y por un tren que enlaza estos dos grandes espacios de atracciones al aire libre. Sevilla con los peques ya ha disfrutado de este plan navideño. ¿Y vosotros?

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Una fila de dromedarios transita por el asfalto de colores de la Alameda entre flashes y gritos de niños que buscan nerviosos a los Reyes Magos hasta que descubren que esta vez son ellos quienes por unos minutos pueden sentirse viajeros del lejano Oriente que persiguen un sueño con forma de estrella fugaz. El precio son los cinco euros que cuesta el trayecto. Pero los dedos que apuntan incesantemente a estos animales del desierto, se desvían de pronto al descubrir que en sentido contrario, como si se tratara de una mágica autovía, circula una fila de poneys cargando a grupos de niños arropados por sus padres, abuelos y hermanos. Una entrada de tres euros por un paseo de un lado al otro del bulevar.

De pronto suena una voz: “¡Bienvenidos señores al gran circo de pulgas, el único e inigualable!”. Pocos pueden evitar mirar. Un mago situado en la puerta de una pequeña carpa llena de enigmáticos carteles invita a los mayores y pequeños a su circo de pulgas. A todos menos a los perros. Claro, tendría demasiado riesgo para cualquier mascota entrar en un territorio dominado por las pulgas.

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Una visita y, a continuación, la magia navideña se difumina entre otros sonidos que nos resultan más familiares. Un carrusel que se mueve entre luces y alarmas de juguete, una noria que gira y gira y una fila de pequeños nerviosos ante un quiosco de chucherías y algodones de azúcar.

Pero sobre todos estos ruidos sobresale una llamada. Es el tren que está a punto de arrancar. El tren que, entre canciones y saludos a propios extraños, te traslada por un euro de la magia de la Alameda a las siempre sorprendentes setas de la Encarnación. El tren que atraviesa las repletas calles del centro de Sevilla para acabar aparcando bajo el frágil techo de madera blanca de las setas que nacieron del sueño de un arquitecto alemán.

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Una vez allí, toca subir los peldaños hasta la planta primera de las setas donde desde hace varios días aguarda a los pequeños y a los no tan pequeños una pista de patinaje de hielo, que es pista, que es de patinaje, pero que no es de hielo. Ni falta que le hace. Por 6 euros (más 1,5 euros por los guantes), 40 minutos sobre patines. Algún resbalón, más de un sprint, y luego a reponer fuerzas en alguno de los puestos artesanales instalados en la Encarnación.

Y queda una última etapa del viaje. De nuevo abajo, unos poneys resguardados en un pequeño establo que quizá, quién lo sabe, vienen y van en el mismo tren que enlaza la Encarnación y la Alameda haciendo el mismo recorrido que viene de hacer Sevilla con los peques. Si antes no lo hicimos, ahora hay otra oportunidad al mismo precio. 3 euros por viaje.

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 A su alrededor no hay tanto ruido, no hay tantas luces. El contraste lo ponen un carrusel, una pequeña noria y un barco vikingo artesanales. A pedales. Quizás más lentos, menos espectaculares, pero con la suficiente magia como para avivar aún más la imaginación de quien, como Sevilla con los peques, viene de ver a un camello recorrer el asfalto de Sevilla un día cualquiera de estas vacaciones de Navidad.

 

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