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Deberes niños en casa | Sevilla con los peques

Vida después del cole

Imaginad que, cada tarde, cuando llego a casa, me llevo trabajo. Imaginad que no puedo pararme a jugar con mis hijas porque tengo que cerrar una entrevista, que no puedo hacer la cena ninguna noche porque tengo que acabar varios informes, que no puedo bañarlas ni ponerles el pijama porque estoy preparando los contenidos de una reunión. Imaginad que, después de mi trabajo, sigo trabajando en casa. Cada tarde, una tras otra, sin poder relacionarme con mis hijas, ni con mi pareja, ni con el resto de mi familia o amigos. Sin poder sentarme en mi sillón favorito a escuchar música, leer o a ver la serie de la que estoy enganchada. Sin poder salir a pasear, o a tomarme un café. A mi no me ocurre. Pero al hijo de 7 años de Noelía, sí. Y a la hija de 8 años de Arantxa. También al hijo de Ana, que acaba de cumplir 9. No se conocen entre sí, no van al mismo colegio ni tienen los mismos maestros, pero todos pasan buena parte de su tiempo libre entre libros y cuadernos. Sus madres, que sólo tienen en común su amistad conmigo, no recuerdan esa exigencia cuando ellas mismas tenían esa edad y se quejan de pasar las tardes a la mesa, ayudándoles con las tareas escolares, en lugar de haciendo con ellos otra actividad más placentera para todos. Los últimos resultados de informes como el PISA (y también otros que establecen comparaciones basadas en competencias escolares y de conocimiento) no colocan muy bien a nuestros escolares que, sin embargo, están saturados de deberes. ¿Será que no está funcionando este sistema? ¿Será, quizá, que (parte, al menos) del aprendizaje de nuestros hijos e hijas no depende del tiempo extra que le dediquen a las tareas? Yo tengo clara la…

Los petardos y los niños | Sevilla con los peques

Contra los petardos

Me parece increíble que una sociedad que no deja a sus niños y niñas jugar solos en la calle sea tan permisiva estos días y vea con buenos ojos que un niño de 7, 8 o 9 años guarde un mechero en un bolsillo y un paquete de petardos en el otro. Esos mismos niños y niñas a los que sobreprotegemos, llevamos de la mano al colegio durante toda la Primaria (como poco), a los que vigilamos de cerca en el parque y con los que nos presentamos en urgencias apenas sube un par de grados su temperatura corporal, de repente, juegan con pólvora y fuego. Y son sus propios padres y madres los que, en la mayoría de los casos, les han dado el dinero para el material explosivo. Así, tal cual. Esta misma navidad nos han llegado varios avisos del 112 haciendo referencia a niños heridos a causa de los petardos. Soy periodista y es así año tras año. Un clásico de las navidades que empiezan con el sorteo de la Lotería, terminan con los regalos de Reyes y, por el camino, se dejan siempre algún menor herido. Por no hablar del sufrimiento de los animales. La red está llena de páginas con consejos para calmar a los perros en esta época. Son especialmente sensibles a los ruidos fuertes y algunos, incluso, llegan a morir. Los petardos me dan pánico, lo reconozco. Especialmente cuando los veo en las manos de niños y niñas tan pequeños. Si somos padres y madres responsables durante todo el año, ¿Por qué les dejamos que jueguen durante estos días con algo que es tan peligroso para ellos?

Las chucherias y los niños | Sevilla con los peques

A dos carrillos

Veo que lleva tres chupachups, varias gomitas y palotes y que guarda en sus bolsillos algunos chicles y paraguas de chocolate para luego. Miro hacia la piñata y compruebo que sigue colgando con todas sus tiras. Vuelvo la vista a mi hija y la descubro ahora con las manos metidas en una bolsa de patatas, atesorando bajo el brazo otras de palomitas y gusanitos. No llevamos en esta fiesta de cumpleaños ni media hora y empiezo a pensar que ese pequeño ser  que he criado con tanto mimo y cuidado va a terminar la noche en urgencias. Nos ha pasado a todas, creo. Ese temido día, en esa difícil fase, en la que no es lo suficientemente pequeño para llevarle el termo con su comida ni lo suficientemente mayor para cuidar de su propio estómago. Y tú, que has leído algunos de los libros de los pediatras y nutricionistas de moda, ves cómo sus carrillos se mueven al ritmo con el que se derrumba el castillo de naipes que eran tus principios saludables de alimentación infantil. Piensas que es sólo un día. Y luego multiplicas por los 24 compañeros que tiene en clase, por los otros 20 de la actividad extraescolar, por los 30 vecinos y amigos del parque y, de repente, imaginas a tu pequeño angelito gordo y con los dientes peor que un yonki en los ochenta. Ojalá nuevas fiestas infantiles en las que la bollería fuera casera, las azucaradísimas chucherías fueran sustituídas por fruta, los refrescos por batidos naturales... Me saca de mi pensamiento utópico mi propia hija, que ya ha tirado de la piñata y me trae una bolsa de plástico hasta arriba de chucherías; las que a sus 4 años no ha sido capaz de comerse. “Toma, para que las metas en la piñata de…

En alerta

Son tiempos difíciles y no hay mayor tentación ante el terror que  dejarnos arrastrar por el pánico. Es humano. Y también lo es tener miedo por nuestros hijos. Yo pensaba en las mías y en todos los niños y niñas del mundo cuando la televisión me devolvía las sangrientas imágenes de la barbarie terrorista en París, primero, y el estado policial tomando las calles de Bruselas, después. Durante estos días de caos y terror, las redes sociales han sido trasmisoras de mensajes, a veces, equívocos; otras, alarmistas y, la mayoría de las veces, falsos. En el grupo de WhatsApp de mamás del cole (sí, también yo estoy en uno) se activó una mañana el nivel  5 de alerta terrorista, el máximo, en nuestro país. Lo decía un mensaje que parecía provenir de una cadena que una de las mamás, con muy buena fe, trasladaba  a las demás. Es humano, decía, sentir miedo pero también lo debe ser adoptar una actitud responsable. Y con un cóctel que mezcla terrorismo, redes sociales e histeria materna, más. Tenemos a nuestra disposición herramientas, accesibles y rápidas, para contrastar los mensajes que nos llegan por las redes. Abrir un periódico o enfrentarse a un informativo pueden ser algunas de ellas. Hoy es el nivel 5 de alerta terrorista, pero ayer era una supuesta furgoneta que raptaba niños en un barrio cercano. No importa. Todo alarmismo encuentra en nuestro miedo su caldo de cultivo. Y tenemos que plantarle cara. En nuestra mano está adquirir, ante la histeria colectiva una actitud responsable. Creo que es el mejor camino.

Mi hija me ha dicho ‘seño’

Hace unos días, vino a casa mi primo hermano de 8 años. Me di cuenta, al poco rato, que el niño marcaba las jotas más de lo normal. Le pregunté que de dónde era su maestro. “De Jaén”, me dijo. Estoy segura de que los maestros de nuestros peques no son conscientes de hasta qué punto son importantes para ellos. Son muchas horas de aprender a ver el mundo con las herramientas que sus maestros y maestras les ofrecen. Eso marca hasta el acento. Tanto que alguna tarde, al dirigirse Pirfita a mi para hacerme alguna pregunta o pedirme permiso para algo, no me ha dicho ‘mamá’, sino ‘seño’. Ha corregido rápidamente con una sonrisa y a mi, las primeras veces, me ha dejado la extraña sensación de la amante a la que le cambian el nombre en la confusión de las sábanas. Ya no. Ahora esa confusión me hace sonreir. En una de las primeras reuniones con las madres y padres, la maestra de Pirfita nos dijo: “No habléis nunca mal de mi delante de vuestros hijos. Aunque yo os caiga mal. Sin su madre ni su padre , aquí yo soy la figura de referencia para los niños”. Entonces me pareció puro sentido común. Ahora sé que para mi hija su maestra es uno de sus seres más queridos, junto con algunos de sus compañeros. Jamás se me ocurriría lastimar ese sentimiento. Llegan los últimos días de este curso que, para Pirfita, ha sido el primero de todos los que quedan. También primer curso para mi como madre, como miembro de la comunidad educativa del cole en el que estudia mi hija. Quedan pocas jornadas de despertador, desayuno a la carrera y rutina escolar pero no quiero que se vayan sin decirle algo a todos y cada uno…

Charcos

Dicen que dejamos de ser niños el día que empezamos a ver los charcos como un obstáculo y no como una oportunidad. Por eso, cuando Pirfita me puso los ojos del gato de 'Shrek' al pasar junto a uno en una acera, la dejé saltar todo lo que quiso. Saltó, se mojó y hasta salpicó a algún viandante. Pero, en lugar de agobiarme pensando en lo mucho que se estaba ensuciando, decidí disfrutar de su alegría y fotografiarla mientras me reía a carcajadas con su cara de placer. Con todos los sacrificios que hacemos las madres por nuestros hijos y, a veces, olvidamos que hay pequeños gestos con los que podemos hacerlos muy felices. Como bajar el ritmo, ir más lentos y escucharlos. Porque, en la mayoría de los casos, lo que nos piden está en nuestra mano: quieren subir y bajar un escalón varias veces, mirar de cerca aquel cartel de colores, coger unas flores, que los empujes en el columpio o que los dejes ir caminando a su paso. Y no lo hacemos. Simplemente, porque vamos con prisas. Aquel día de lluvia en Sevilla, yo decidí cambiar el ritmo, adaptarlo a mi hija de 3 años para la que saltar un rato en un charco iba a ser lo más divertido del día. Cuando llegué a casa la duché, eché sus ropas a la lavadora, sequé sus zapatos y, mientras la escuchaba relatarme su aventura, volví a comprobar que el mejor regalo que podemos hacer a nuestros hijos es nuestro cariño y nuestro tiempo.

Invierno y calle

Son días desapacibles. Sopla fuerte el viento, hace frío y vivimos bajo una amenaza constante de lluvia. Utilizando una expresión que me pone cada vez más de los nervios, son días de “sofá, peli, y mantita”. Pero los que tenemos hijos pequeños sabemos que ése es un lujo reservado para los que no los tienen o los tienen ya mayores. Con una niña de tres años y medio (como es mi caso), el sofá se convierte en espacio para saltos, la mantita acaba toda revuelta y ver una peli es un esfuerzo titánico. Así que los días desapacibles, especialmente los del fin de semana, también hay que salir si queremos conservar nuestra salud mental. Abrigo, bufanda, guantes y gorro sobre varias capas de ropa y a la calle con bici, patinete o patines. Lo que sea con tal de que nuestra peque gaste muchas energías en poco tiempo. Y ahí va, correteando en libertad, que parece un potro al que le han abierto la puerta de la cuadra. Saltando, corriendo, subiendo y bajando de los columpios del parque como si el frío no fuera con ella. Miro a su pobre hermana, de pocas semanas, y siento una pena profunda por todos los segundos hijos del mundo, obligados a salir a la calle, llueve o ventee. Pero Pirfita disfruta y juega con otros niños que, como ella, están en la calle para fastidio de sus padres que anhelan, hoy más que nunca, aquellos tiempos lejanos de “sofá, peli y mantita”. Los miro y descubro en sus ojos esa puñalada nostálgica que parece estar diciendo “Quién me habrá mandado tener hijos, pudiendo estar en mi sofá viendo, por quinta vez, El Diario de Bridget Jones". Tanto ellos como yo misma sabemos que tardaremos años en volver a aburrirnos tumbados en el sofá.…

Descubriendo el pudor

Ayer mismo , mientras estábamos tomando un batido en el velador de un bar, le di el pecho a la peque delante de Pirfita, que me dijo: “Mamá, es mejor que des la teta en casa”. “¿Por qué?, le pregunté. “Porque así nadie te verá esas tetas y esa borrigota gorda?”. Me reí de veras con la ocurrencia pero quise convertirla en una oportunidad. “¿Te da vergüenza que los demás vean mis pechos y mi barriga?”. Me confesó que sí y seguí: “A mi no. Me gusta mi cuerpo como es y me gusta también cómo es el tuyo. Yo te quiero como eres y espero que tú también me quieras como soy”. Siguió bebiendo el batido como si nada y no le dimos más trascendencia al asunto. Creo que es la primera vez que descubro una manifestación pudorosa en mi hija de tres años, más allá del típico corte que les entra a los niños al llegar a sitios llenos de gente o cuando un desconocido les aborda. Pudor, además, referido a otro, en este caso, a su madre. Pirfita está descubriendo el mundo y sus significados. En el cole han estado trabajando cuestiones relacionadas con la identidad y el cuerpo y ahora va por la vida catalogando a los seres humanos según sus atributos sexuales. Una etapa muy divertida para una madre como yo a la que le gusta ir destrozándole las pocas seguridades que tiene, las del tipo “los hombres no llevan falda ni pendientes ni se pintan las uñas” normales a sus tres años. Y precisamente porque en esta etapa está creo que es importante transmitirles una imagen positiva de nuestros cuerpos. También del mío, al que le siempre le han sobrado varias decenas de kilos y más ahora tras un embarazo reciente. Si soy capaz…

Una proposición láctea

En apenas unas semanas volveré a ser madre. De mis amigos de toda la vida, de mi pandilla del pueblo, comparto espera con tres amigas más. Nosotros funcionamos un poco como animales y traemos los niños en camada. Una pequeña broma cariñosa que nos hacemos entre nosotros y que hace que, entre unas cosas y otras, ya nos falten dedos en las dos manos para contar a los peques de nuestra “minipandi”. Una de las amigas con la que estos días previos me fotografío la barriga trae trillizas. Los amigos estamos muy ilusionados esperando a todos los bebés pero, sin duda, por las circunstancias que rodean a este embarazo múltiple, la llegada de “las trillis” la esperamos todavía con mayor ilusión. El día que los doctores le confirmaron que traía tres bebés me puse un poco histérica. No era capaz de dormir haciendo mis propios planes sobre cómo ayudaría a mi amiga: las comidas que cocinaría para llevarle a su casa, la ropita y complementos que le prestaría… Hasta que recordé que, cuando nazcan sus hijas, yo tendré una de apenas un mes que me dejará poco tiempo para todos esos planes que rondaban mi cabeza. Pensaba que, debido a nuestras cercanas maternidades, apenas iba a poder ayudarla. Me limitaba a buscar por las tiendas ropitas de tallas pequeñas porque ya sabemos que las niñas serán prematuras. Hasta hace apenas unos días cuando, en mitad del almuerzo, mi amiga, que conoce perfectamente los beneficios de la leche materna para prematuros, me confesó que en el hospital público sevillano donde nacerán las niñas no hay banco de leche humana. Y ahí es donde entro yo, la que creía que no podía ayudarla más allá de regalarle a las niñas algún trapito: Para cuando vengan “las trillis”, si todo sale como está…

Música en las aulas

Esta mañana, antes de ir al cole, Pirfita ha sacado una flauta rosa que le regalaron por su cumpleaños y se ha puesto a tocarla a una hora en la que, tuve que explicarle, hay vecinos que duermen. Y todo porque, desde ayer, y durante media hora al día de lunes a jueves, Pirfita recibe en su clase a una especialista en música que viene a tocar, ante ella y sus compañeros, diferentes instrumentos. En el primer día, junto al olor a plastilina y témperas, se ha colado entre los cuentos, dibujos y juguetes de su clase, las notas de un violín. Creo que ha sido la primera vez que Pirfita ha visto, y oído, uno de cerca. Por la tarde, tomando juntos la merienda, nos contaba ilusionada, a su padre y a mi, que tenían que adivinar cuándo sonaba el violín triste y cuando sonaba alegre y doblaba la cabeza y hasta movía “un palo” imaginario para contarnos cómo se toca. Nos ha dejado con la boca abierta. Conocíamos que el de Pirfita es uno de los 23 colegios públicos andaluces en los que la Fundación Pública Andaluza Baremboim-Said desarrolla su Proyecto de Educación Musical Infantil pero jamás creímos que iba a gustarle tanto a nuestra hija. Como ella hay 2500 niños y niñas andaluces que se benefician de esta iniciativa que les acerca a la música y, de camino, pretende educarles en valores como la tolerancia, la paz y el respeto. Ojalá a todos les ilusione tanto como a mi propia hija y ojalá, a través de la música, les haga personas más libres y solidarias, personas que hagan posible un mundo en el que la convivencia y la multiculturalidad sean un logro superado.

Micromachismos

Circula estos días esta foto por las redes. La hizo, creo, algún usuario de unos grandes almacenes que, con razón, se llevó las manos a la cabeza con los estereotipos que perpetúa: El niño, como el padre, inteligente y la niña, como la madre, bonita. Todo dentro de ese mundo dicotómico comercial de la ropa infantil en el que, por tener pene, vistes de azul y por tener vulva, vistes de rosa. Al final, la presión social ha hecho a la empresa retirar este producto. Son “pequeñas” (y no tan pequeñas) manifestaciones de una cultura machista que se cuela por las pantalla, por los escaparates, por las conversaciones y también, claro, por los dibujos animados. Los que lean este blog ya sabrán que tengo cierta guerra abierta contra las princesas, especialmente las de la factoría Disney. Pues bien, hace apenas unos días me senté con Pirfita a ver dibujos y, en un intento romántico de recordar mi propia infancia (creía yo que sin la maldita influencia de esas edulcoradas cursis rosas), pusimos ‘David El Gnomo’. Y lo hacía convencida de las grandes enseñanzas ecologistas, por ejemplo, que dejó en la niña que yo era antes de ser la madre que soy. Pues bien, en este capítulo en concreto que compartía con Pirfita, David y el resto de gnomos y gnomas logran capturar a uno de los malvados trolls que les estaban haciendo la vida imposible. Se trataba de Path que, para quien no lo recuerde muy bien, era el más tonto de todos. Con el troll en el interior de un agujero, los gnomos, uno a uno, comenzaron a decirle cuáles serían las “medidas” que tomarían en represalia por su mal comportamiento y, con la esperanza, de que no volviera a portarse así con ellos. Un gnomo le decía que…

La vida por estrenar

Tres años de amor, cariño y crianza para que, en el primer día de todos los primeros días que le quedan pasar en un aula, Pirfita haya tomado a una amiguita de la mano y haya entrado en el “cole” sin mirar atrás. Sin un adiós ni un beso ni una pequeña lágrima. Cuando ha cruzado la puerta, he mirado a mi alrededor y he observado al resto de padres y madres que participaban conmigo y mi hija de este día, entre nostálgico y festivo: Alguno ha soltado una lagrimita, pero la mayoría hacía lo mismo que yo: coincidir en la extrema brevedad de un momento para el que llevábamos preparándonos durante semanas, puede que meses. Lo que para mí, como para muchos padres y madres, es un cambio sustancial en la vida de nuestros peques, para mi hija, como para muchos de sus compañeros, ha sido un pequeño paso más, ni más ni menos especial que muchos de los que hemos pasado con ellos. Y yo sabía, era consciente en mi vacío de madre nunca despedida a las puertas de un primer día de cole, que eso es algo positivo. Significa, sólo quizá, que tengo una hija segura de sí misma, decidida e ilusionada a adentrarse, sin miedos, temores ni nostalgias, en el nuevo y desconocido universo del “cole de los mayores”, eso que para ella, hasta esa misma mañana, era un territorio que no le pertenecía. En apenas una hora hemos vuelto juntas a casa. Estaba contenta, como cualquier otro día y satisfecha porque alguna de las maestras de su ciclo la había llamado “campeona”. Lo que casi arranca en mí una lágrima de abuelo de niño de talent-show infantil, para mi hija se quedaba en una simple anécdota entre la puerta de nuestro bloque y el parque. Porque nuestros peques son así y, donde nosotros ponemos la épica, ellos ponen, simplemente, la vida. Una vida…

Agosto sin niña

Pirfita está en el pueblo. Pasa con nuestros familiares este mes de agosto en el que sus padres trabajamos. Cada vez que intentamos hablar con ella por teléfono escuchamos sus histéricos gritos de alegría, mientras corretea de un lado a otro de la casa, o del campo, o de la piscina, o del parque, o de cualquiera de los múltiples sitios donde la llevan en estos días que, para nosotros, se reducen a ir del trabajo a casa, con alguna incursión en una sala de cine. Sabemos que es feliz. Y lo vemos porque cualquiera de las cientos de fotografías que nos envían nuestros familiares lo muestra: Pirfita cogiendo tomates, Pirfita tumbada en el césped, Pirfita en un columpio, Pirfita con otros niños y hasta Pirfita vencida por el sueño en la cama tras un duro día de juegos. Su felicidad nos pone contentos pero no mata nuestra nostalgia y a veces me descubro, entre carcajadas, a punto de llorar viendo alguno de los vídeos que nos mandan de su vida de niña feliz de pueblo que disfruta, por ejemplo, duchándose con una manguera en un corral. Los días pasan lentos y parece que nunca llegan los viernes de nuestros reencuentros. Pero llegan, al fin. Y, al otro lado del camino, nos espera una niña a la que se le ilumina la cara al recibirnos. Nosotros la besamos, la abrazamos, le decimos lo mucho que la hemos echado de menos y no queremos separarnos de ella en ninguna de las horas que nos quedan. Volvemos a dormir los tres en la misma cama, también en las siestas. A desayunar, comer, merendar y cenar juntos. A jugar con ella, a escuchar sus historias y ver sus dibujos favoritos. Pero la tarde del domingo llega y, con ella, la despedida. Para nosotros, más…

Molestias

Hemos tenido la genial ocurrencia de irnos a encerrarnos durante todo un fin de semana a un campo con tres niñas que rondan los dos años y medio. Pensábamos, ilusos, que podía ser una estupenda oportunidad para descansar y ponernos al día con nuestros amigos (los papás y mamás de las niñas). Llevábamos hasta juegos de mesa, de ésos a los que recurrimos los amigos a partir de cierta edad para tener más cosas con las que reírnos una vez que empezamos a darle a las bebidas espirituosas. Pero no pudimos disfrutar de la tranquilidad que esperábamos. Lo que apenas hubo fue un primer y tímido período de varios minutos en los que las primeras dos niñas jugaron entre ellas. Y ya está. Luego pasaron tres días de intentos frustrados para que se divirtieran solas, pero no había manera. Y eso que tenían, además de juguetes, columpios, una tele con dibujos, piscina, un perrito y hasta una cabaña improvisada entre los árboles que le construimos con unas toallas. Pero nada. Las tres preferían, apenas escuchaban nuestras primeras conversaciones, venir a pegarse a nuestros cuerpos, unas veces llorando, otras quejándose y todas llamando nuestra atención. Los esfuerzos por jugar a los juegos de mesa se quedaron apenas en intentos. Las conversaciones las manteníamos de forma atropellada, retomándolas en diferentes momentos a lo largo del día, cuando nos dejaban las pequeñas. Sólo conseguíamos tener algo de tranquilidad cuando alguno de los adultos nos íbamos a jugar con ellas. Entendimos que todo es cuestión de edad. Que falta muy poco para que empiecen a interactuar entre ellas de forma más fluida y, poco después, no sólo no necesiten nuestra presencia, sino que, además, les estorbemos. Este fin de semana de encerrona y descanso nos hubiera apetecido que las peques fueran más independientes y…

Temores

Paso las tardes rodeada de niños en el parque y a veces me sorprendo de los métodos de algunos padres para que sus hijos los escuchen: Desde la apelación al Momo, Hombre, Bruja o Perro que vendrán si se alejan del punto en el que están hasta otros límites que no acabo de entender mucho, de ciertas zonas prohibidas para el juego, cuando compruebo, por mi misma, que no revisten peligro alguno. Soy madre y sé perfectamente que hay momento de la vida de los peques en los que no nos “obeceden” como nos gustaría. A veces porque no nos entienden, otras porque nosotros mismos les damos indicaciones contradictorias y la mayoría porque no les da la gana. Es así de simple. Para un niño o niña que está jugando no hay peligros. Conoce el entorno, se siente seguro y estoy segura de que, en su interior, no entiende nuestros temores e inquietudes. Pero ahí estamos nosotros, recurriendo a sus monstruos domésticos para que no salgan del radio que consideramos seguro. Pero seguro para nosotros; es decir, el área desde el que podemos ver al niño sin tener que levantar el culo del asiento, básicamente. La semana pasada cenábamos con amigos en un restaurante y mi hija me pidió permiso para salir a jugar con unos niños. Se lo di. Al poco detecté que los otros niños, además de desconocidos para mí, eran algunos años mayor que ella y, desde la distancia observé que para lo que ella era un juego, no lo era en absoluto porque los demás se estaban metiendo con ella y corrían para que mi hija no los encontrara. El objetivo no era otro que divertirse, creo, a costa de ella que a sus menos de tres años, por supuesto, no adivinada que ella no era…

Ocio en familia

Me encanta el teatro. Desde que era una niña. He disfrutado encima de un escenario (aunque nunca haya pasado de un nivel ‘amateur’) y muchísimo más en una butaca. Ahora que Pirfita empieza a entender nuestro idioma, cada vez mejor, hemos decidido que nos acompañe. No viene a ver con nosotros ninguna tragedia griega, claro, somos nosotros los que adaptamos a ella las obras que seleccionamos. Primero, fue una ‘perfomance’ para bebés a base de luz, música y colores, luego una obra corta de títeres y la última de las elegidas ha sido un teatro de marionetas titulado ‘Historias Fabulosas’. Sobre el escenario tres fábulas clásicas (la de la gallina de los huevos de oro, la liebre y la tortuga y el león y el ratón) que suponían un esfuerzo de paciencia, creo, para una niña que no llega a los tres años. Casi una hora en una butaca que no sólo aguantó, también disfrutó. Y qué placer cuando, al acabar la función, los actores dejan que los niños y niñas interactúen con las marionetas. Es una auténtica experiencia de ruptura de la cuarta pared que los peques valoran (sólo hay que verles las caritas). ¿Por qué cuento todo esto? Pues porque defiendo, como un auténtico disfrute en familia, acercar a nuestros hijos nuestras aficiones y placeres; que conozcan desde muy pronto qué cosas nos gusta hacer para que, si quieren y les apetece, empiecen a acompañarnos desde el principio. Ya sea la pesca, el flamenco, la hípica o el atletismo. Cualquiera de nuestras pasiones, adaptada, puede empezar a ser la suya también. En mi caso es el teatro y meterme en uno, rodeada de niños y familias, me resulta excitante. Y no me pesa, en absoluto, que las obras sean destinadas a un público infantil porque, realmente, las obras…

Sincerándonos

En la tele, el papá de Caillou cortaba una cebolla. A este lado, en el salón de casa, Pirfita, me miró y me dijo “¿A que los mayores nunca lloran, mamá?”. A sus dos años y medio, mi propia hija me ponía en bandeja una oportunidad única para iniciar una conversación que puede dilatarse en los próximos años de nuestras vidas. “Sí lloramos. Mamá también llora”. No le gustó la respuesta, aunque la aceptó para terminar con la última palabra “Pero tú no lloras como yo”. Sí, es verdad. Yo no recurro al llanto, aunque ganas no me falten, cuando no hacen los demás lo que yo quiero, cuando tengo sueño o hambre, o cuando no me dejan comerme la pasta de dientes con sabor a fresa. Ella se estaba refiriendo específicamente a eso. Pero los adultos, los papás y las mamás sí lloramos. Lo que ocurre es que hemos aprendido a reprimir las lágrimas o a esconderlas fruto, puede, de una educación emocional que deja bastante que desear. Yo preferiría que mi hija me viera siempre feliz, pero sé que eso no está a mi alcance y habrá veces que me vea triste, decepcionada, cansada o muy cabreada. Para mí lo importante es que mi hija me vea como soy. Que sienta que su madre es sincera con ella. Por eso intento contarle las cosas que me pasan y adaptarle a su lenguaje mis inquietudes. Le suelo decir cuando estoy enferma qué es lo que me duele o que tengo que ir al médico y le respondo “no sé” y le devuelvo la cuestión para que pensemos juntas cuando me hace una pregunta de la que no tengo respuesta. Creo que el conocimiento de cada uno de los miembros de la familia, con nuestras carencias, virtudes, defectos y fortalezas,…

El laberinto de la escolarización

Cuando yo era una estudiante escolar del ámbito rural andaluz de los 80,  darle duro a los cuadernos era una especie de salvoconducto a una vida mejor, más cosmopolita, feliz y autónoma. Para mi estudiar no era ningún sacrificio. De hecho, era de las pocas cosas que hacía bien y los exámenes casi me divertían. Para todo los demás aspectos de la vida era bastante más inepta; pero ahí iba, tirando y estudiando con la vista puesta en un mañana donde me veía a mí misma como la mujer que yo misma había elegido ser. Luego, diferentes condicionantes y elecciones que he ido haciendo me han convertido en la mujer que soy, con sus éxitos y fracasos. Y con sus preocupaciones. La que ahora me quita el sueño es la escolarización de Pirfita, que entra en el colegio en septiembre. En mi pueblo todo era más sencillo. Allí, el cole es el cole y la solicitud de plaza un mero trámite administrativo resuelto y garantizado de antemano. En la ciudad todo se complica. Yo, para  Pirfita, sólo quiero un centro educativo público y laico que me coja, relativamente, cerca de casa. Y creía que mi aspiración era tan básica que se cumpliría sin problema. Pero no. Acaba de terminar el plazo de solicitud y en el colegio que he pedido como opción primera sobran más de 15 niños y niñas que van a ser recolocados en otros centros del entorno. Puede que mi propia hija sea una de ellas. Y, de verdad, que no me importa si no obtengo plaza en el primero de los colegios, hay dos opciones más que también se ajustan a mis necesidades. Pero puede darse el caso de que manden a mi hija a un centro sin aula matinal ni comedor, por ejemplo, y a…

Los patitos en el agua

De todas las canciones infantiles que conozco, la que más odio es “Los patitos en el agua”. De hecho, cuando se la canto a Pirfita, siempre le cambio la letra para que la desaprensiva madre del pobre patito no le pegue. Y, claro, la pobre niña intenta cantarla sola y no le sale. En mi versión mejorada “todos los patitos se fueron a nadar, el más chiquitito se quedó atrás, su madre es muy buena y le quiso ayudar, y el pobre patito ya pudo nadar”. La canción, de esta forma, queda mucho más educativa, cívica y nadie comete ningún delito de malos tratos a animales, ni siquiera la madre pata. Aceptamos, en ocasiones, un sinfín de canciones, cuentos, historias o productos culturales dirigidos a nuestros hijos e hijas que deberían hacernos reflexionar. Y es complejo, entre otras cosas, porque forma parte de las enseñanzas que nosotros mismos hemos recibido o porque, sencillamente, lo impregnan todo. Ejemplo superlativo son las princesas. Yo les he declarado la guerra abierta, muy especialmente a las edulcoradas versiones de Disney que descubro, como por arte de magia, en alguna mochila, camiseta o cuento de mi propia hija. Las odio y no desaprovecho ninguna ocasión para recordarle a Pirfita que “las princesas son tontas” o que “a mamá no le gustan las princesas”. Ya sé que la Sirenita, Jasmine o Rapunzel no son un invento del diablo,  pero no quiero que mi propia hija las tenga de modelo. La imagen de esas chicas físicamente perfectas, tan iguales entre sí dentro de su perfección, que esperan a que una persona diferente a ellas (suele ser un príncipe varón porque todas son tremendamente heterosexuales) las “rescate” de su propia vida no me gusta. Lo que yo quiero para mi hija es que se acepte, sea como sea,…

Recuperar la figura

De fondo, mientras escribo, suena en la televisión esto: “Sólo dos meses después de ser madre, Sara Carbonero ha recuperado la figura”. Paro lo que estaba haciendo y le muestro a mis compañeros mi cabreo por este tipo de afirmaciones que ya escuchara antes en otros casos de “milagrosa” recuperación de tipazos increíbles como los de Penélope Cruz o Paz Vega, por poner sólo un ejemplo. Esas frases, aparentemente inofensivas, están cargadas de una sustancia que no me gusta absolutamente nada (y poco tiene que ver en que yo, dos años y medio después del parto, no haya vuelto a pesar lo que pesaba. Lo mío es dejadez pura y dura). Una sustancia que contiene ciertas dosis de machismo, culto al cuerpo, narcisismo y la típica competitividad a la que todas (y todos) parece que vivimos sometidos en esta sociedad en la que nos hemos deshumanizado a tales niveles que engordar durante un embarazo parece tan horrible como envejecer, por ejemplo. Y este tipo de mensajes calan en muchas madres que acaban de parir. En más de las que nos creemos y en un momento en el que están especialmente vulnerables. Claro que hay que apostar siempre por una alimentación saludable y por evitar el sobrepeso pero tener algunos kilos de más después del parto es algo completamente natural e, incluso, necesario (hay una acumulación de grasa que está directamente relacionada con la lactancia). Y no pasa nada si no somos como esas estrellas de los programas de televisión y, dos meses después de la llegada del bebé, no hemos vuelto a ponernos esos pantalones que nos gustaban; si ir a la peluquería se convierte en un esfuerzo titánico o si esta temporada no tenemos la ropa de los colores que se llevan porque, directamente, no hemos podido ir de…

Los carritos no son para las bullas

Precisamente ahora que acabamos de dejar atrás los carnavales y que aparece por la vuelta de la esquina la Semana Santa (dos celebraciones con las que parece que nos volcamos los andaluces) necesito lanzar un mensaje claro: Los carritos no son para las bullas. No seré yo la que una página destinada a promocionar el ocio en familia defienda dejar fuera de nuestras aficiones a nuestros hijos. No es mi objetivo. A mi me encanta que Pirfita viva al lado de sus papás nuestros momentos de felicidad social pero creo que hay sitios donde no es bueno, ni para ella ni para nosotros, que nos acompañe. Y, si la llevamos, no se nos ocurre meternos en el meollo. Porque es, incluso, peligroso. Este año, como los anteriores, hemos pasado unos días en el carnaval de Cádiz, pero hemos tirado de familia para poder vivir la experiencia en pareja. En años anteriores, cuando nos ha acompañado nuestra hija, hemos preferido alejarnos de las aglomeraciones y no se nos ocurre intentar traspasar una bulla con un carrito o meter a nuestra hija en el centro de una aglomeración donde es más que probable que la empujen, la pisen o la quemen con un cigarro. Una cosa de sentido común, básicamente. Creo que también forma parte de mi responsabilidad como madre adaptar el espacio que nos rodea a las necesidades de mi hija y, por mucho que me guste callejear por el centro de Cádiz (sirve igual para cualquier ciudad andaluza donde se produzcan grandes aglomeraciones con motivo de una festividad o celebración) no me meto en un embudo con una niña de dos años. No pasa nada si, en los primeros años de vida de nuestros hijos, vemos “los toros desde la barrera” y, o bien nos alejamos un poco de la…

Tierra y Libertad

Yo soy de pueblo. De uno pequeñito, con castillo en su cumbre. Allí viven parte de mi familia y amigos y allí está pasando unas semanas Pirfita. Me gusta decir que “en un programa de inmersión lingüística para coger el acento”, a modo de broma. Lo cierto es que ella misma, a sus dos años y medio, reconoce que le gusta estar allí y algunos viernes, antes de salir, va dando saltitos por la casa, canturreando el nombre de nuestro pueblo cuya geografía, para ella, no va mucho más allá de la casa de su abuela. Cuando llega, la ya de por sí bullanguera casa de mi madre, no para de recibir vecinas que vienen a jugar con Pirfita, a traerle un regalo, a tomar café… La vida en mi pueblo, un pueblito andaluz como tantos otros, es eso: vivir constantemente con los brazos y las puertas abiertas. Así he crecido yo: segura entre las calles y las gentes de mi pequeño pueblo andaluz, donde siempre me he sentido querida, arropada y acompañada. A veces me gustaría que Pirfita, nacida en una ciudad grande, también sintiera esas seguridades, esa alegría de lo cotidiano, esas complicidades, esos pequeños compromisos que adquirimos las personas criadas en los municipios pequeños sabiendo siempre que, si no lo hacemos nosotros mismos, probablemente, nunca ocurrirá. Perdonen que me ponga melancólica pero es que el trabajo me obliga a vivir deprisa entre dos ciudades y echo de menos a Pirfita y el lento paso del tiempo en la casa de mi madre, en la compañía de mis amigos o en la mesa de camilla del Casino Sociedad donde leo los periódicos lentamente cuando estoy en mi pueblo, que es también el de mi hija. Porque, aunque no se haya criado en él, es donde más a gusto…

Jugar sin juguetes

Una tela sobre nuestras cabezas es una cabaña. Eso lo sabe casi cualquier adulto que comparta sus días con un niño y recuerde, aunque sea vagamente, su propia infancia. Así paso yo las tardes, en una cabaña imaginaria construida con una manta entre la lámpara de pie del salón y el respaldo del sofá. Dentro hay todo un mundo de elementos invisibles: Una cocina de donde salen exquisitos dulces (todos de chocolate, claro), una habitación en la que nos contamos cuentos y hasta una televisión con la que cantamos canciones infantiles. Nada es material porque pertenece al mundo de la imaginación del que Pirfita me ha hecho parte. Esto es muy importante para mí. Me divierte y hasta me hace pensar que algo he hecho bien como madre si, en su mundo en el que nada existe, sí puedo existir yo, con ella dentro. Y engancha. Hay días en que me descubro a mí misma, en el trabajo, contando las horas para volver a casa y empezar nuestro ritual conjunto, escondidas del mundo, bajo el seguro techo de nuestra cabaña imaginaria, el lugar donde ella se suelta a hablar con palabras que yo desconocía que sabía y me cuenta los detalles de su día lejos de mí, la última historia de la guardería o trozos de nuevas letras y músicas. En nuestro refugio no hay ninguno de los juguetes que yo misma le he regalado. Ni tampoco de los que les han regalado nuestros familiares. Ni uno. Sin embargo jugamos durante horas y vamos intercambiando roles: Unas veces ella es una maestra, otras una camarera… El único patrón que se repite, tarde tras tarde, es que ella es la que manda, la que propone el juego. A mí me toca acatar sus dictámenes y disfrutar viendo cómo deja de ser…

Convalecencia con niña encima

En casa acabamos de sobrevivir a una gripe fulminante de malestar general, mocos, fiebre, sudores… Una gripe diferente a todas las que he sufrido a lo largo de mi vida (que no han sido muchas, afortunadamente) porque es la primera que paso como madre de una niña de dos años y medio, también enferma. Tan solidaria es Pirfita que, antes de que me marchara de fin de semana con mis amigas, se ocupó, personalmente, de cederme su virus, de forma solidaria y altruista, para que la llevara en mi recuerdo y en mi garganta dolorida. Y a la vuelta del fin de semana, comenzaba este calvario que es una convalecencia, en bata y pijama, con una niña sin apetito y con mucha necesidad de mimos, comprensión y  compañía, que es justo lo que yo también necesitaba. Estar enferma y sola con una niña, también enferma, significa que hay que darle su medicación justo cuando a ti misma te cuesta llevar la cuenta de la tuya propia, prepararle la comida que sabes que no va a comerse cuando el camino del sofá a la cocina se convierte en una cuesta tan empinada como la ladera del Kilimanjaro, o coger la cuchara para empezar a comer una sopita caliente y que nunca llega a tu boca porque esa niña se interpone entre tú y el plato. Y ahí, justo ahí, perdí la paciencia. Fue realmente vergonzoso verme gritándole, sin voz, a mi propia hija, así que me marché con ella a la cama y dormimos una siesta de tres horas, tan reparadora que, cuando despertamos, seguíamos enfermas pero teníamos mucho mejor humor y el contador de la paciencia a cero de nuevo. He aprendido mucho estos días. Creo que, además de una tos de perro, el virus me ha dejado más paciencia…

Mentiras piadosas

Mi única intención aquella mañana era que Pirfita desayunara algo sano. Por eso, antes de despertarla, le metí en la mochila de la guarde un zumo exprimido por mí y un (intento de) bizcocho hecho, también por mi, en el horno. Ocurrió que, cuando la niña despertó, me pidió una barrita de cereales con chocolate y un yogur bebido. Intenté explicarle que ya llevaba zumo y bizcocho pero temí tanto que empezar a llorar y patalear que accedí: Metí delante de ella el yogur y la barrita en la mochila, hice como que no era capaz de cerrarla, entré en la cocina, le di la espalda, saqué yogur y barrita, los introduje en el frigorífico y cerré la mochila. Pirfita iba contenta pensando que llevaba el desayuno que ella había elegido pero algo en mi actitud delataba el engaño. Apenas íbamos todavía en el ascensor, ya me pidió algo que jamás hace: que le abriera la mochila. Increíblemente listos los niños de dos años y medio, oye. No lo hice, lloró un poco pero fui capaz de entretenerla hasta llegar a la guarde y dejarlas dentro: a ella y a la mochila que contenía la estafa. Camino del trabajo no paraba de pensar en lo mal que me sentía y, durante el desayuno, lo comenté con mis compañeros. Algunos tienen hijos, otros no, pero todos me recriminaron mi comportamiento a pesar de que intentaban quitarle importancia al asunto en base a mi buena intención. Uno de ellos me recomendó que, aunque seguramente mi hija no recordaría, en apenas unos días, que su madre la había engañado, sí se acordaría e interiorizaría para siempre que su mamá le pidió disculpas. Yo seguía sintiéndome fatal, durante toda la mañana, por haberla engañado, imaginando su cara de decepción al abrir su desayuno y no encontrar lo…

Opiniones facultadas

Acudí a realizarme una ecografía de mamas cuando todavía amamantaba a Pirfita. Me atendió un agradable doctor que dejó de ser agradable cuando, en mitad de la exploración, empezó a decirme que tenía dificultades para hacer la exploración.  Le dije que sería por la leche, seguramente, porque estaba amamantando. -¿Cuántos meses tiene tu hija? - Casi dos años. Empezó, entonces, a soltar una retahíla, salpicada de opiniones personales, sobre mi errada decisión de amamantar “tanto tiempo” a mi bebé. Él sostenía que su señora había alimentado con leche materna a sus hijos hasta los seis meses. “Después de los seis meses, los niños no necesitan la leche de sus madres. Y no les aporta nada”, sostenía. Lo escuchaba con una sonrisa y le pregunté si había tratado a mujeres con problemas de mamas derivados de la lactancia. Siguió con su argumentario de que dos años era demasiado tiempo y que él estaba harto de encontrar casos de mujeres mayores con molestias en los pechos derivados de dar de mamar a bebés mucho tiempo. Yo seguí con mi sonrisa y mis preguntas: “¿Se refiere usted a señoras que amamantaron a un solo hijo durante mucho tiempo o a mujeres que amantaron sólo seis meses a varios hijos?” Con una carrera de cinco años y una especialidad, fue capaz de ser lo suficientemente listo para entender que mi sonrisa y mis preguntas eran irónicas. A partir de ahí, todo fue más fácil. El buenrrollismo terminó y él se limitó a hacer su exploración y a no hablarme más. ¿Por qué traigo ahora el recuerdo de esta experiencia? Pues porque estoy un poco harta de que las mujeres confundamos las opiniones de algunos facultativos con recomendaciones médicas. Me explico mejor: Hay ocasiones en las que tomamos como axiomas irrefutables lo que no son…

Postureo materno

El pasado fin de semana tuvimos en casa a un invitado de excepción: Se trata de un payaso de peluche, llamado Pampito, que es la mascota de la clase de Pirfita. La experiencia consiste en lo siguiente: Cada viernes, sale de la guardería rumbo a su casa uno de los niños con el payaso de marras de cuya compañía podrá disfrutar durante todo el fin de semana. Pampito no viene solo. Trae con él un cuaderno de anillas en el que se nos invita a los padres a dejar constancia de lo vivido con el peluche durante esos días. Abrí el cuaderno y me sorprendí: Algunos padres y madres de los niños que precedieron a Pirfita se lo había currado. Las primeras páginas del cuaderno estaban cuidadosamente escritas, con lápices de colores, pegatinas, brillantinas… Y habían sido elegidas a conciencia las fotos que acompañaban a los textos. Había, incluso, una madre que no había escatimado en detalles y había rellenado ¡¡¡ 16 carillas!!! con las aventuras de su hija y el peluche. Lo sé porque las conté. Que si “mi mamá nos leyó un cuento”, que si “fuimos a una fiesta muy divertida”, que si “jugamos con todos los primos”… Tengo más de 900 seguidores en Twitter y casi 700 amigos en Facebook (sí, ya sé que cuando lo digo parezco asquerosamente ególatra y soberbia. Me doy coraje hasta a mi misma), pero no pude soportar la presión del “cuaderno de Pampito” y sucumbí al encanto de parecer la mamá más enrollada que había tratado mejor que ninguna a la mascota. Odio los peluches. Son suaves sacos de ácaros. Pero ahí iba yo, durante todo el fin  de semana, arrastrando al indeseable Pampito y a Pirfita por toda la casa, para sacarles la mejor foto. Hasta me llevé el peluche…

Difícil conciliar

Algo nos vendieron mal. De repente, nos soltaron a pelear por igual a hombres y mujeres a la arena de este circo que es el mercado laboral. Nos dieron a todos las mismas armas para la lucha y nos creímos que, por fin, habíamos conseguido la tan ansiada igualdad por la que lucharon muchos hombres y mujeres que nos precedieron. Pero no. Porque resulta que aquí, en el ruedo, algunos llevamos un equipaje más pesado que otros, que nos limita nuestra libertad de movimientos y que nos exige un esfuerzo mucho mayor que al resto para mantenernos en pie. Las jornadas laborales, la tensión del trabajo a contrarreloj, los desplazamientos si no trabajas cerca de donde vives o los cambios de horarios son más complicados si, cada mañana, tienes que cuadrar el difícil sudoku de llegar a tiempo al colegio o no pasarte de las horas contratadas en la guardería. Es una especie de carga extra sobre los hombros de padres y madres con niños pequeños que, seguramente, tampoco han dormido bien esa noche. Pero no me quería quejar hoy de eso si no más bien y, volviendo al principio, de algo que nos vendieron mal, como un excepcional regalo de sociedad avanzada que sacaba de casa a los dos progenitores para que entrara dinero. Pero era un regalo con truco porque, pronto, ha dejado de ser una elección para ser una necesidad. Muy pocos son los padres y madres que podemos darnos el lujo (porque en esto se ha convertido) de dejar aparcada por un tiempo nuestra carrera profesional para ocuparnos en exclusiva del cuidado y la crianza de nuestros hijos e hijas. Pocas casas se mantienen con un solo sueldo y a casi nadie se le guarda el puesto en una sociedad como la que tenemos. Ojalá fuera…

Cosas que nunca contamos

“Y yo creía saber lo que era dormir poco”. Ésa era la primera frase del mensaje que me mandó un íntimo amigo justo cinco días después del nacimiento de su primer hijo. Sí, amigos, se duerme entre poco y nada. Yo, sin ir más lejos, he estado dos años en los que dormir más de tres horas seguidas era motivo de celebración. Se duerme de otra manera, por decirlo suavemente. Desde luego pocos son los papás y mamás que pueden hacerlo durante ocho o nueve horas seguidas con un bebé en casa. De hecho, a veces pienso que esos bebés no existen. Es sólo una de las cosas que te llevas a casa con el bebé, pero parece haber una especie de pacto para no contarlo, para no asustar a otras mujeres que, quizá algún día también puedan convertirse en madres. Tampoco contamos que dar el pecho no es ningún camino de rosas hasta el día en que descubres que serías capaz de darlo hasta, literalmente, haciendo el pino. O que ya no vale eso de arreglarse minutos antes de una cita porque, maldita ley de Murphy, el bebé va a hacerse caca o va a llorar por hambre y todo se retrasa una hora. O lo de acabar el día con la ropa limpia, eso es un lujo que una mamá que acaba de parir no puede permitirse. O lo el tiempo para ti, para leer, para ver una peli (eso se acaba y, según los casos, algunas tardan 18 años en volverlo a recuperar). De eso no hablamos. Hacemos trampas. A los demás y a nosotras mismos. Porque, al fin y al cabo, esas preciosas e idílicas fotos con nuestros bebés de pocos días en brazos y una enorme sonrisa no dejan de ser una especie de trampa…

Cartas a los Reyes Magos

Ésta es la carta, completamente artesanal, debido al despiste materno, que ha entregado Pirfita al Cartero Real que ha acudido a su guardería. Dentro, en un papel de cuadritos, ella ha pegado algunos recortes de un catálogo de juguetes que rondaba por casa. Retomar la ilusión por este día es uno de los hallazgos más felices de este cambio de bando, quiero decir, cuando pasas a ser tú la madre. Hace pocos días, leyendo el periódico, encontré la historia de una chica, de 21 años, que vive en prisión con su hija, de 23 meses, a la que ha puesto el nombre de Mía y a la que sigue dando el pecho. La historia, muy bien escrita en El Mundo por el periodista Pedro Simón, me hizo llorar. He  pensado mucho en ella (todavía lo hago) y me he hecho muchas preguntas sobre todas las que, como ella, crían y cuidan de sus bebés entre las paredes de un centro penitenciario: ¿Cómo lo hacen? ¿Cómo será para ellas sacar adelante a sus criaturas, o los asuntos aparentemente más sencillos como, por ejemplo, la introducción de alimentos a los bebés o, en estas fechas, confeccionar la carta para los Reyes Magos de sus hijos? Reconozco que, cuando logré recuperarme de mi propio llanto, recorté la página de periódico y la guardé en mi bolso. Todavía la llevo. Cada vez que lo abro y veo el recorte, recuerdo aquellos otros que hicimos entre Pirfita y yo para su mágica carta y tengo que reprimir el deseo de guardar la historia de esta mamá presa en otro sobre, remitirla a los Reyes Magos  y recuperar, otra vez, la ilusión y la fe en ellos para que ella, y todas las mujeres que viven la maternidad cumpliendo condena, puedan, algún día, ya reinsertadas en…

Retrocesos

Una o dos veces por semana, comparto mi coche con una chica veinteañera que estudia su segundo año de carrera. Eso quiere decir que echamos una o dos horas de conversación en las que me asomo a un mundo de botellones, Justin Bieber y dinámicas de clase casi desconocidos ya para mi. La semana pasada sonaban en las radio boleros clásicos que ella jamás había escuchado y yo cantaba de memoria y que me hizo ver que, en nuestros 11 años de diferencia, había un claro cambio generacional y de referentes.  Seguíamos hablando de la juerga navideña que se había tirado la noche anterior cuando, en un momento de su relato, ella soltó una frase que a mí me horrorizó: “Salir con la clase es muy divertido. Descubres cómo son, en la vida real, tus compañeros. Yo, por ejemplo, me reí muchísimo con una amiga mía que nunca sale porque su novio no la deja”. Así lo dijo, con total naturalidad: “Su novio no la deja”. Y siguió hablando. Tan tranquila. La corté con la intención de hacerle ver que lo que el novio de esa chica le estaba haciendo es un tipo de violencia de género. Entonces, ella me confesó que, entre su grupo de amigas, es bastante común este tipo de comportamientos. Incluso que algunas de sus amigas adaptaban sus ropas a los deseos de sus novios que, claro está, sí visten como desean y, por supuesto, trasnochan cuando quieren. No deja de ser una sorpresa para mí que perpetúen actitudes machistas chicas y chicos jóvenes que han crecido, en la mayoría de los casos, en hogares donde se ha apostado por la Igualdad. Hay un resurgir del machismo, un neo-machismo, aceptado por algunas adolescentes que no lo detectan como tal y, si lo hacen, lo aceptan y…

Mamás que ayudan a mamás

La maternidad te enseña muchas cosas. Paciencia, sobre todas. Pero también de solidaridad y de empatía. Cuando parí a Pirfita, estaba realmente obsesionada con darle el pecho e iba pidiendo consejo a cualquiera de las personas que se cruzaban conmigo en el hospital. No tuve suerte con los doctores, ni siquiera con las enfermeras, hasta que llegó una auxiliar de enfermería cincuentona con dos hijos mayores que me dio algunas claves básicas y mucho ánimo. En nuestro país, prácticamente en cada una de las provincias, hay grupos de apoyo de madres que ayudan y asesoran a otras madres. Un movimiento solidario entre mujeres que, a través del testimonio y la experiencia de unas, buscan el empoderamiento y el bienestar de otras para que puedan vivir su maternidad de una forma plena, completa y, si es posible, feliz. Deberíamos plantearnos devolver al terreno de la mujer lo que, hace tiempo y sin previo aviso, nos fue arrebatado. El Doctor José María Paricio, uno de los expertos en lactancia más reconocidos de nuestro país, y que dirige la Asociación de promoción e Investigación cientifico-cultural de la Lactancia Materna, APILAM, lo recomienda en su libro “Tú eres la mejor madre del mundo” (Ediciones B, 2013). Paricio sostiene que, en su día, hubo quienes quisieron hacer creer a las mujeres que ellas no eran capaces de criar a sus hijos. Les decían cosas del tipo “tu leche no vale”, con el único fin que el comercial. Una tiranía, reconocida por muchos profesionales sanitarios de nuestros días que, como Paricio, sostienen que estas redes solidarias de madres que se ayudan entre sí es muy beneficiosa para nuestra sociedad. Esa mamá cincuentona, que entró en mi habitación el día siguiente a mi parto por pura casualidad, nunca sabrá el favor que me hizo con su simple…